7/9/26

Las bicicletas y los libros son para el verano

 

Las bicicletas llegaron antes que los niños, apoyadas unas veces contra la pared y otras, como aquella, descansando sobre el suelo después de una carrera improvisada.

Los libros, en cambio, siempre les esperaban detrás de la puerta abierta de la biblioteca.
No hacía falta llamar a nadie; bastaba con entrar, elegir una historia y salir a leer al sol.
Los escalones se convirtieron en un pequeño puerto donde atracaban piratas, astronautas, detectives y dragones.
Cada niño viajaba sin moverse del sitio, mientras el barrio seguía su rutina alrededor.
La bicicleta aguardaba paciente, sabiendo que ninguna aventura sobre ruedas podía competir con la que escondían aquellas páginas.
Alguno levantaba la vista de vez en cuando para comentar un descubrimiento con los demás.
Otros sonreían en silencio, como si hubieran encontrado un secreto que no pensaban revelar todavía.
El verano olía a papel, a polvo de camino y a libertad.
Nadie preguntaba cuánto costaban los libros, porque allí las historias se prestaban igual que la confianza.
Cuando el calor aflojaba, las bicicletas volvían a cobrar vida y recorrían las calles llevando las mochilas llenas de lecturas.
Así, cada paseo terminaba empezando otro viaje distinto, mucho más largo que cualquier carretera.
Quienes pasaban por delante sonreían al ver aquel extraño aparcamiento donde las bicicletas descansaban mientras la imaginación pedaleaba.
Y quizá ese fuera el verdadero milagro de aquella biblioteca colaborativa: convertir una acera cualquiera en el lugar donde comenzaban las mejores vacaciones.
Porque, al fin y al cabo, las bicicletas llevan a los niños hasta los libros, pero son los libros los que los llevan a cualquier parte.

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El campeón de las chapas


—¡Soy el mejor con las chapas! ¡Mira y aprende, perdedor!

Lo dijo sin levantar la cabeza. No hacía falta. La chapa estaba perfectamente colocada entre sus dedos y el objetivo apenas a medio metro.

Calculó la distancia, examinó la arena como si fuese un ingeniero estudiando un puente y disparó.

—¡Zas!

La chapa salió como un cohete, rebotó contra una piedrecita y se detuvo exactamente donde él quería.

Levantó entonces la mirada con la sonrisa satisfecha de quien acaba de ganar un campeonato mundial.

—¿Has visto? Técnica. Precisión. Experiencia. Para jugar a esto hay que saber.

Su rival no contestó. Colocó tranquilamente su chapa, apuntó con el dedo y lanzó.

La chapa cruzó la pista, golpeó la del campeón y la sacó fuera de un solo tiro.

El niño permaneció unos segundos mirando el desastre.

—Bueno… eso ha sido suerte.

—Claro —respondió el otro—. La suerte también juega.


El pequeño campeón recogió su chapa, la limpió cuidadosamente y volvió a colocarla sobre la arena.

—Otra partida.

—¿No eras el mejor?

—Sí. Pero los mejores también necesitan revancha.

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El cuélebre del Nalón: apuntes para una zoología fantástica


A orillas del río Nalón te espera un paseo lleno de historias y leyendas. Entre los seres más extraordinarios que, según la tradición asturiana, habitan sus bosques, montañas y cursos de agua se encuentra el cuélebre, una criatura que podríamos describir, utilizando el lenguaje de un naturalista, como un reptil gigantesco de características serpentiformes y capacidad limitada para el vuelo.

Su aspecto recuerda al de una serpiente de tamaño excepcional, protegida por grandes escamas extremadamente resistentes. Algunos relatos le atribuyen una piel tan dura que resulta prácticamente imposible atravesarla con armas convencionales. Esta característica podría interpretarse como una adaptación defensiva semejante, aunque llevada al extremo, a las placas dérmicas de los cocodrilos o a las escamas superpuestas de ciertos reptiles.

Una de sus características anatómicas más curiosas son sus pequeñas alas membranosas, parecidas a las de los murciélagos. La tradición afirma que no aparecen completamente desarrolladas hasta que el animal alcanza una edad avanzada. Estaríamos, por tanto, ante un caso extraordinario de desarrollo anatómico asociado a la madurez: mientras los ejemplares jóvenes serían fundamentalmente terrestres, los individuos más viejos adquirirían cierta capacidad de desplazamiento aéreo.

El cuélebre parece preferir ambientes húmedos, oscuros y poco frecuentados por los seres humanos. Sus refugios habituales serían ´´cuevas profundas, simas, bosques, fuentes y manantiales´´, aunque algunas leyendas también sitúan ejemplares cerca de los acantilados y del mar. Desde un punto de vista ecológico, estos lugares proporcionarían humedad, temperaturas relativamente estables y refugios adecuados para un animal de hábitos predominantemente nocturnos.

Su relación con el agua resulta especialmente significativa. En numerosas tradiciones, el cuélebre aparece asociado a fuentes y cavernas donde también habitan las ´xanas´, seres femeninos vinculados a manantiales y corrientes de agua. El enorme reptil actuaría como guardián de estos lugares y, en ocasiones, como protector de las propias xanas.

También posee una sorprendente conducta de acumulación y defensa de objetos. Los relatos aseguran que custodia tesoros escondidos, generalmente ocultos en cuevas o galerías subterráneas. Desde una imaginaria perspectiva etológica, podría interpretarse como una conducta territorial: el cuélebre no necesitaría comprender el valor económico del oro, sino simplemente defender aquellos objetos que durante siglos se han acumulado dentro de su territorio.

Su alimentación corresponde a la de un gran depredador oportunista. Se le atribuye el consumo de ganado, animales salvajes, cadáveres e incluso seres humanos. Un organismo de semejante tamaño necesitaría una considerable cantidad de energía, aunque, como sucede con los grandes reptiles actuales, un metabolismo relativamente lento podría permitirle permanecer largos periodos sin alimentarse.

Precisamente aquí aparece uno de los principales problemas científicos de la especie. Un depredador gigantesco necesitaría disponer de un territorio muy extenso y dejaría abundantes rastros: restos de presas, excrementos, mudas de piel, huellas o huesos. La ausencia de estas evidencias obliga a clasificar al cuélebre no dentro de la zoología conocida, sino en un territorio mucho más interesante: la zoología fantástica y la mitología popular.

Pero eso no significa que carezca de interés científico.

Las leyendas sobre grandes serpientes y dragones aparecen en numerosas culturas y pueden estudiarse desde la antropología, la historia, la psicología y la ecología cultural. El cuélebre podría conservar antiguos temores humanos hacia las serpientes, las cuevas y los lugares donde el agua surge misteriosamente de la tierra. También cumple una función social: advierte del peligro de acercarse a determinados lugares, protege simbólicamente fuentes y cavernas y convierte el paisaje en un espacio cargado de memoria colectiva.


Por eso, mientras caminamos junto al Nalón, podemos contemplar el río de dos maneras diferentes. Para la geología y la biología es un ecosistema fluvial modelado durante miles de años por el agua, la erosión y los seres vivos. Para la cultura popular es también un territorio habitado por xanas, cuélebres y personajes transmitidos de generación en generación.

Ambas miradas pueden convivir perfectamente.

Porque la ciencia nos ayuda a comprender cómo funciona el paisaje, mientras que las leyendas nos cuentan cómo lo imaginaron quienes vivieron en él.

Así que, si durante el paseo encontramos una cueva junto al río, no hay motivo científico para pensar que dentro duerme un enorme reptil alado.

Pero tampoco parece muy prudente entrar a comprobarlo.

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VIEJOS ATRACADORES

 


[En la habitación de la residencia, ambos miran el mapa extendido sobre las rodillas.]

Ernesto (el de gafas y oxígeno):

—¿Ves? Aquí, bajo el viejo roble. Siempre lo dije… el tesoro está ahí.

Ramón (el del batín gris):

—Viejo roble… ¡pero si lo talaron hace treinta años para hacer el aparcamiento!

Ernesto (sonríe con picardía):

—Por eso nadie lo ha encontrado aún. ¿Quién va a cavar bajo un montón de coches?

Ramón (resopla, con brillo en los ojos):

—Con nuestras rodillas, ni bajar a la calle podemos… ¿y quieres que movamos coches?

Ernesto (en voz baja, casi conspirando):

—Lo importante no es la rodilla… es la cabeza. Y la mía todavía recuerda dónde enterramos aquel cofre.

Ramón (sonríe cansado, pero ilusionado):

—Entonces habrá que hacer planes… aunque sea desde esta silla. El tesoro sigue siendo nuestro secreto.

[Ambos se miran, y por un momento sus achaques parecen olvidados.]

Crea una continuación con la noticia dada por un presentador que narra como fueron detenidos por la noche cavando en un aparcamiento. La policia los tenía vigilados en la residencia donde vivian estos dos viejos atracadores.

Presentador:

“Insólito suceso anoche en Langreo. Dos ancianos, residentes en un centro geriátrico de la localidad, fueron detenidos por la policía mientras intentaban cavar en un aparcamiento público.

Los hombres, de 82 y 85 años, fueron sorprendidos con palas y linternas en plena madrugada, siguiendo lo que al parecer era un viejo mapa del tesoro.

La policía llevaba semanas vigilándolos tras descubrir su pasado: ambos habían sido atracadores en los años setenta y ochenta, implicados en varios golpes de bancos nunca esclarecidos. Según fuentes de la investigación, los agentes ya sospechaban que buscaban recuperar un botín enterrado hace décadas.

Detenidos en el acto, los dos veteranos atracadores fueron trasladados de vuelta a la residencia, donde esta mañana bromeaban con los funcionarios: ‘Nos pillaron por las rodillas, no por la cabeza’.

Un caso que demuestra que, a veces, el crimen no envejece… aunque sus protagonistas sí.”


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Vigilando al rebaño

 


—¡Ya era hora de que me pusieran a vigilar el rebaño! —pensó el lobo mientras contemplaba orgulloso a las ovejas desde su nuevo puesto de trabajo.

Después de muchos años de esfuerzo, por fin había conseguido empleo fijo en la Administración.

No había sido fácil.


—Han sido años estudiando para superar la oposición —explicaba a quien quisiera escucharle—. Y la competencia era feroz: mastines con experiencia, pastores interinos, algún zorro con máster y varios políticos desahuciados buscando recolocación.


La parte teórica la había aprobado con muy buena nota.

Dominaba perfectamente el temario: organización de rebaños, prevención de ataques, protección del patrimonio ovino, gestión sostenible de pastos y protocolo de actuación ante presencia de depredadores.

En esta última materia obtuvo matrícula de honor.

—Experiencia profesional —alegó modestamente.


Lo más difícil fue la entrevista personal.

El tribunal examinó su expediente con cierta preocupación.

—Aquí pone que durante años usted se dedicó precisamente a comerse las ovejas.

El lobo adoptó expresión compungida.

—Errores de juventud. He reflexionado mucho. He pagado por ellos y estoy completamente rehabilitado.

La respuesta impresionó al tribunal.

Además presentó un certificado de reinserción, tres cursos de formación continua y un diploma sobre «Ética aplicada a la gestión de recursos ovinos».


El político que competía con él utilizó un argumento parecido.

—Yo también he cometido errores, pero he pagado mi deuda con la sociedad.

El problema fue que, durante la investigación de méritos, descubrieron que había intentado sobornar a uno de los miembros del tribunal.

Quedó eliminado del proceso.

No por corrupto, según aclaró posteriormente la comisión evaluadora, sino por haber sido descubierto antes de conseguir la plaza.


El mastín parecía el candidato natural.

Treinta años vigilando rebaños, conocimiento del terreno, experiencia demostrada contra lobos y excelentes referencias de varios pastores.

Pero en la entrevista cometió un error imperdonable: Ladró.

El tribunal consideró que mostraba «escasas habilidades comunicativas y poca capacidad para el trabajo administrativo».

Además, no tenía ningún curso homologado de vigilancia de ovejas.

—Experiencia tendrá mucha —comentó uno de los examinadores—, pero formación reglada, ninguna.

Así que ganó el lobo.


El primer día le entregaron un chaleco reflectante, un teléfono móvil, una carpeta con el protocolo de vigilancia y las claves para acceder a la aplicación informática «Rebañ@ 4.0».

También firmó una declaración de incompatibilidades entre las figuraba expresamente: «El funcionario encargado de la protección del ganado se abstendrá de consumir animales sometidos a su vigilancia durante la jornada laboral».

El lobo preguntó prudentemente:

—¿Y fuera del horario laboral?

El funcionario de Recursos Humanos revisó el reglamento.

—Sobre eso no pone nada.

El lobo sonrió y aquella misma tarde recorrió orgulloso el prado mientras las ovejas le observaban con cierta inquietud.

—Tranquilas —les explicó—. Ahora estoy aquí para protegeros.

Una oveja respondona levantó la cabeza.

—¿De quién?

El lobo consultó rápidamente el manual.

—Principalmente de lobos.

Se produjo un largo silencio.

—¿Y siendo así, quién nos protege de usted?

El lobo volvió a consultar el documento.

Pasó varias páginas, leyó dos anexos y revisó el protocolo de incidencias.

Finalmente respondió:

—Esa incidencia pertenece a otro departamento.

Y continuó tranquilamente su ronda de vigilancia.

Al fin y al cabo, él había aprobado una oposición.

Dibujo descargado de redes sociales.
Texto elaborado con Chat GPT

El barquito chiquitito


 El niño se agachó en el encerado y comenzó a dibujar un barco.
Nadie le había ordenado el trabajo, de hecho, tenía que vigilar a sus compañeros. 
No había concurso de pintura, profesor de plástica, ni armador esperando los planos. Simplemente decidió que allí hacía falta un barco para huir del aburrimiento.
Primero trazó el casco, luego añadió la cubierta y después el mástil.
Se apartó un poco para contemplar su obra y descubrió el primer problema de todos los grandes proyectos: el barco estaba terminado, pero no había mar.
Un adulto habría convocado inmediatamente una reunión.
Habría creado una Comisión para el Estudio de la Viabilidad Marítima del Barco Dibujado, encargado un informe sobre impacto ambiental y solicitado una subvención europea para construir el océano.
El niño encontró una solución bastante más sencilla; dibujó el mar.
Unas cuantas líneas onduladas fueron suficientes y el barco ya podía navegar.
Entonces apareció el segundo problema.
—Falta el capitán.
Dibujó uno.
—Y marineros.
Añadió tres.
—Y un cocinero.
Le puso junto a una enorme olla porque, según su experiencia, la principal obligación de los adultos consiste en preguntar a qué hora se come.
El barco zarpó aquella misma tarde.
No hizo ruido porque los barcos dibujados son bastante respetuosos con los vecinos.
Atravesó el primer océano, dobló una esquina del patio de la escuela y estuvo a punto de naufragar, al encontrarse con una zapatilla abandonada en mitad de la ruta.
El capitán ordenó:
—¡Todo a babor!
Los marineros obedecieron, el cocinero no, porque estaba haciendo croquetas.
Superado el peligro, continuaron navegando hasta que el niño descubrió algo preocupante: El barco se estaba acercando demasiado al borde del dibujo, más allá no había mar, ni islas, ni puertos, ni siquiera una raya de tiza.
Era el fin del mundo conocido y el capitán pidió instrucciones.

El niño pensó durante unos segundos.
Podía dibujar una isla, pero aquello solo retrasaría el problema. Podía dibujar otro continente, aunque seguramente aparecerían fronteras, aduanas y adultos empeñados en cobrar impuestos.
Así que tomó una decisión mucho más sensata: Alargó el mar y el barco continuó navegando.
Desde entonces el niño procura llevar siempre una tiza en el bolsillo.
Nunca se sabe cuándo puede acabarse el mundo.
Y, cuando eso sucede, resulta mucho más práctico dibujar un poco más de horizonte que discutir sobre quién tiene la culpa.


Dibujo descargado de redes sociales.
Texto elaborado con Chat GPT

22/2/26

Conservación posterior: cómo mantener un libro restaurado en buen estado

 Conservación posterior: cómo mantener un libro restaurado en buen estado.

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Restaurar un libro es solo la mitad del trabajo. Si después vuelve a un entorno inadecuado, el deterioro continuará. La conservación posterior es lo que realmente prolonga su vida.

No requiere técnicas complejas. Requiere constancia y buenas condiciones.



1. Control del ambiente

El papel es sensible a la humedad y a los cambios bruscos de temperatura.

Condiciones recomendadas:

  • Humedad estable entre 40 % y 55 %.

  • Temperatura moderada y constante.

  • Buena ventilación.

Evita sótanos húmedos, áticos calurosos o lugares donde haya condensación. Las variaciones constantes dilatan y contraen los materiales, debilitando el lomo y el papel con el tiempo.

Si el clima es muy húmedo, un deshumidificador puede marcar la diferencia.


2. Protección frente a la luz

La luz, especialmente la solar directa, decolora y fragiliza el papel.

Recomendaciones simples:

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  • No colocar libros restaurados frente a ventanas.

  • Evitar luz directa durante largos periodos.

  • Usar estanterías alejadas de fuentes intensas de iluminación.

La degradación por luz es lenta, pero acumulativa.


3. Forma correcta de almacenamiento

La posición importa.

  • Guarda los libros en vertical.

  • No los inclines en exceso.

  • No los aprietes demasiado entre otros volúmenes.

  • Usa sujetalibros si la estantería no está llena.

Si el libro es grande y pesado, puede almacenarse horizontalmente para evitar tensión en el lomo.

Las cajas de conservación son útiles para ejemplares frágiles o poco consultados.


4. Manipulación cuidadosa

La conservación también depende del uso.

  • Lávate y seca las manos antes de manipular.

  • No fuerces la apertura más allá de su ángulo natural.

  • No coloques el libro boca abajo abierto.

  • No uses objetos gruesos como marcapáginas.

Pequeños gestos repetidos en el tiempo son los que más desgaste generan.


5. Revisión periódica

Un libro restaurado no debe olvidarse.

Cada cierto tiempo conviene:

  • Revisar que no aparezcan manchas nuevas.

  • Comprobar que el lomo sigue firme.

  • Detectar señales tempranas de humedad.

La detección temprana evita intervenciones mayores.


6. Separación de riesgos

Evita guardar libros cerca de:

  • Paredes exteriores frías.

  • Tuberías.

  • Plantas que requieran riego frecuente.

  • Cocinas o baños.

La prevención no es exageración. Es sentido común aplicado con constancia.


Una idea final

La restauración estabiliza el daño.
La conservación lo mantiene estable.

Un libro no necesita condiciones de museo, pero sí un entorno razonablemente controlado. Cuidarlo después de repararlo es la forma más sencilla de respetar el tiempo invertido y la historia que contiene.

Porque conservar no es guardar sin más. Es mantener vivo el objeto para que pueda seguir siendo leído.