María tenía un corderito,
María tenía un corderito,
blanco y juguetón.
Y por donde María iba,
y por donde María iba,
él siempre la seguía.
Hasta ahí, el corderito no tenía ninguna objeción. Le gustaba María, le gustaban los paseos y, sobre todo, había descubierto que acompañarla a todas partes era bastante más agradable que quedarse en el prado peleando con los otros corderos.
El problema empezó cuando María decidió mejorar su imagen.
—Quieto, que voy a ponerte una pajarita. Estarás guapísimo.
El cordero contempló aquel artefacto negro con profunda desconfianza.
—¡Vale, muy bien! Pero… ¿estás segura de que el corderito de la canción llevaba pajarita?
María no contestó. Le ajustó el lazo y abrió un libro.
El animal miró de reojo su elegante atuendo.
—Blanco y juguetón, decía la canción. ¡No «elegante y dispuesto a presidir el consejo de administración»!
María continuó leyendo.
—Además —protestó él—, con esto puesto, más que un cordero parezco un borrego.
María levantó la vista.
—Un borrego es un cordero que ha crecido.
—Sí, pero cuando se lo dices a una persona significa otra cosa. ¡He estado leyendo!
Aquello preocupó a María. Quizá enseñarle a leer había sido un error.
Desde entonces el corderito siguió acompañándola a todas partes, pero ya no dócilmente. Ahora discutía las canciones, corregía los cuentos y exigía explicaciones.
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