7/9/26

Vigilando al rebaño

 


—¡Ya era hora de que me pusieran a vigilar el rebaño! —pensó el lobo mientras contemplaba orgulloso a las ovejas desde su nuevo puesto de trabajo.

Después de muchos años de esfuerzo, por fin había conseguido empleo fijo en la Administración.

No había sido fácil.


—Han sido años estudiando para superar la oposición —explicaba a quien quisiera escucharle—. Y la competencia era feroz: mastines con experiencia, pastores interinos, algún zorro con máster y varios políticos desahuciados buscando recolocación.


La parte teórica la había aprobado con muy buena nota.

Dominaba perfectamente el temario: organización de rebaños, prevención de ataques, protección del patrimonio ovino, gestión sostenible de pastos y protocolo de actuación ante presencia de depredadores.

En esta última materia obtuvo matrícula de honor.

—Experiencia profesional —alegó modestamente.


Lo más difícil fue la entrevista personal.

El tribunal examinó su expediente con cierta preocupación.

—Aquí pone que durante años usted se dedicó precisamente a comerse las ovejas.

El lobo adoptó expresión compungida.

—Errores de juventud. He reflexionado mucho. He pagado por ellos y estoy completamente rehabilitado.

La respuesta impresionó al tribunal.

Además presentó un certificado de reinserción, tres cursos de formación continua y un diploma sobre «Ética aplicada a la gestión de recursos ovinos».


El político que competía con él utilizó un argumento parecido.

—Yo también he cometido errores, pero he pagado mi deuda con la sociedad.

El problema fue que, durante la investigación de méritos, descubrieron que había intentado sobornar a uno de los miembros del tribunal.

Quedó eliminado del proceso.

No por corrupto, según aclaró posteriormente la comisión evaluadora, sino por haber sido descubierto antes de conseguir la plaza.


El mastín parecía el candidato natural.

Treinta años vigilando rebaños, conocimiento del terreno, experiencia demostrada contra lobos y excelentes referencias de varios pastores.

Pero en la entrevista cometió un error imperdonable: Ladró.

El tribunal consideró que mostraba «escasas habilidades comunicativas y poca capacidad para el trabajo administrativo».

Además, no tenía ningún curso homologado de vigilancia de ovejas.

—Experiencia tendrá mucha —comentó uno de los examinadores—, pero formación reglada, ninguna.

Así que ganó el lobo.


El primer día le entregaron un chaleco reflectante, un teléfono móvil, una carpeta con el protocolo de vigilancia y las claves para acceder a la aplicación informática «Rebañ@ 4.0».

También firmó una declaración de incompatibilidades entre las figuraba expresamente: «El funcionario encargado de la protección del ganado se abstendrá de consumir animales sometidos a su vigilancia durante la jornada laboral».


El lobo preguntó prudentemente:

—¿Y fuera del horario laboral?

El funcionario de Recursos Humanos revisó el reglamento.

—Sobre eso no pone nada.

El lobo sonrió y aquella misma tarde recorrió orgulloso el prado mientras las ovejas le observaban con cierta inquietud.

—Tranquilas —les explicó—. Ahora estoy aquí para protegeros.

Una oveja respondona levantó la cabeza.

—¿De quién?

El lobo consultó rápidamente el manual.

—Principalmente de lobos.

Se produjo un largo silencio.

—¿Y siendo así, quién nos protege de usted?

El lobo volvió a consultar el documento.

Pasó varias páginas, leyó dos anexos y revisó el protocolo de incidencias.

Finalmente respondió:

—Esa incidencia pertenece a otro departamento.

Y continuó tranquilamente su ronda de vigilancia.

Al fin y al cabo, él había aprobado una oposición.

Dibujo descargado de redes sociales.
Texto elaborado con Chat GPT

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