El niño se agachó en el encerado y comenzó a dibujar un barco.
Nadie le había ordenado el trabajo, de hecho, tenía que vigilar a sus compañeros.
No había concurso de pintura, profesor de plástica, ni armador esperando los planos. Simplemente decidió que allí hacía falta un barco para huir del aburrimiento.
Primero trazó el casco, luego añadió la cubierta y después el mástil.
Se apartó un poco para contemplar su obra y descubrió el primer problema de todos los grandes proyectos: el barco estaba terminado, pero no había mar.
Un adulto habría convocado inmediatamente una reunión.
Habría creado una Comisión para el Estudio de la Viabilidad Marítima del Barco Dibujado, encargado un informe sobre impacto ambiental y solicitado una subvención europea para construir el océano.
El niño encontró una solución bastante más sencilla; dibujó el mar.
Unas cuantas líneas onduladas fueron suficientes y el barco ya podía navegar.
Entonces apareció el segundo problema.
—Falta el capitán.
Dibujó uno.
—Y marineros.
Añadió tres.
—Y un cocinero.
Le puso junto a una enorme olla porque, según su experiencia, la principal obligación de los adultos consiste en preguntar a qué hora se come.
El barco zarpó aquella misma tarde.
No hizo ruido porque los barcos dibujados son bastante respetuosos con los vecinos.
Atravesó el primer océano, dobló una esquina del patio de la escuela y estuvo a punto de naufragar, al encontrarse con una zapatilla abandonada en mitad de la ruta.
El capitán ordenó:
—¡Todo a babor!
Los marineros obedecieron.
El cocinero no.
Estaba haciendo croquetas.
Superado el peligro, continuaron navegando hasta que el niño descubrió algo preocupante: El barco se estaba acercando demasiado al borde del dibujo, más allá no había mar, ni islas, ni puertos, ni siquiera una raya de tiza.
Era el fin del mundo conocido y el capitán pidió instrucciones.
El niño pensó durante unos segundos.
Podía dibujar una isla, pero aquello solo retrasaría el problema. Podía dibujar otro continente, aunque seguramente aparecerían fronteras, aduanas y adultos empeñados en cobrar impuestos.
Así que tomó una decisión mucho más sensata: Alargó el mar y el barco continuó navegando.
Desde entonces el niño procura llevar siempre una tiza en el bolsillo.
Nunca se sabe cuándo puede acabarse el mundo.
Y, cuando eso sucede, resulta mucho más práctico dibujar un poco más de horizonte que discutir sobre quién tiene la culpa.
Texto elaborado con Chat GPT
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