La manzana estaba tranquilamente en su árbol, tomando el sol y engordando sin más obligación que dejar pasar el verano, cuando apareció el agricultor con una cesta.
—¡Esta ya está buena para sidra!
La arrancó de la rama y la manzana abrió los ojos indignada.
—¿Cómo que para sidra? ¿Y a mí quién me ha preguntado?
—¡Vamos!, que vas a dar una sidra estupenda.
La manzana frunció el ceño.
—¡Vas a sacar la sidra!
—Eso mismo.
—¡De donde yo te diga!
El agricultor la miró sorprendido.
—Pero si eres una manzana.
—Precisamente. Primero me arrancas de mi árbol, después me metes en un saco, luego pretendes triturarme y finalmente quieres presumir delante de tus amigos diciendo: «¡Qué sidra más buena hice este año!».
—Bueno… técnicamente la hago yo.
La manzana se puso todavía más verde de rabia.
—¿Tú? ¡Si el trabajo importante lo hacemos nosotras! Tú solamente nos echas al lagar y aprietas un botón.
El agricultor empezó a pensar que aquello podía terminar mal.
—Podríamos negociar.
—Ahora hablamos el mismo idioma. Quiero denominación de origen, participación en beneficios y que en la etiqueta figure claramente: «Elaborada gracias al sacrificio involuntario de cientos de manzanas».
—¿Y si, a ti, te vuelvo a poner en el árbol?
La manzana sonrió.
—Eso podemos considerarlo como una claúsula privada, del acuerdo con el negociador.
El hombre volvió a colocarla cuidadosamente enganchando el pedúnculo en su rama.
Desde entonces, cuando llegaba la época de recogida, primero golpeaba suavemente el tronco y preguntaba:
—¿Alguna voluntaria para sidra?
Y desde arriba siempre se escuchaba la misma respuesta:
—¡Búscate una pera!


