15/9/26

El intelectual del balón


—¿Qué pasa? Los intelectuales también jugamos al balón.

Lo dije con toda la dignidad que pude reunir, aunque tenía las gafas torcidas, barro en las rodillas y el pelo pegado a la frente por el sudor. Bajo el brazo sujetaba la pelota como si fuese un tratado de filosofía especialmente redondo.

Mi madre me observaba desde la puerta con los brazos cruzados.

—¿No habías ido a la biblioteca?

—Sí, claro. Pero estaba cerrada.

—Hoy abre hasta las ocho.

—Ya… Cuando digo cerrada quiero decir cerrada a nuevas experiencias.

No pareció convencida. Miró mis zapatos, cubiertos de tierra, y después el desgarrón del pantalón.

—¿Y eso?

—Trabajo de campo.

La verdad era que acabábamos de disputar el partido más reñido de la historia del barrio: los Dragones de la Plazoleta contra los Invencibles del Callejón. Yo había sido elegido portero porque llevaba gafas y todos suponían que no sabría correr. Durante la primera parte confirmé sus sospechas. En la segunda, sin embargo, descubrí que calcular la trayectoria de un balón era una cuestión de geometría aplicada.

A falta de un minuto empatábamos a cuatro. Entonces el delantero de los Dragones lanzó un disparo directo a la escuadra. Yo calculé el ángulo, la velocidad y la resistencia del aire. Después cerré los ojos y me tiré al suelo.

El balón me golpeó en la cara.

Pero no entró.

Mis compañeros marcaron en el contraataque y ganamos cinco a cuatro. Me llevaron a hombros durante casi tres metros, hasta que se cansaron y me dejaron caer en un charco.

—Así que has estado jugando al fútbol —concluyó mi madre.

—No exactamente. He participado en un experimento sobre física, cooperación social y resolución de conflictos.

—¿Y la pelota?

Me la apreté contra el pecho.

—Material científico.

Mi madre intentó mantener la seriedad, pero acabó sonriendo.

—Muy bien, profesor. A la ducha.

Mientras subía las escaleras, todavía pude oírla preguntar:

—¿Y quién ha ganado el experimento?

Me coloqué bien las gafas, levanté la cabeza y respondí:

—La inteligencia, mamá. La inteligencia por cinco goles a cuatro.

13/9/26

El crítico de las orejas largas


—Aquí me tenéis, haciendo como que leo y aprecio el libro publicado por el señorito —declaró Aníbal, ajustándose las gafas sobre el hocico—. No aparece ni un solo perro, y yo creo que son imprescindibles en una buena novela de ciencia ficción.

Había examinado *El equilibrio en Origen* con el rigor de un crítico literario: primero olfateó la portada, después inspeccionó el lomo y, finalmente, se tumbó sobre el capítulo tercero. Aseguraba que aquella era su manera de «absorber la trama».


—Muchas naves espaciales, mucha inteligencia artificial y mucho planeta misterioso —gruñó—, pero ¿quién vigila la nave cuando todos duermen? ¿Quién detecta a los extraterrestres antes que los sensores? ¿Quién encuentra a los prófugos y, de paso, la despensa?

El autor intentó explicarle que Némesis, la inteligencia artificial, controlaba hasta el último rincón de la Argos.

—¿Y mueve el rabo cuando regresan los tripulantes?

—No.

—Entonces no es tan inteligente.

Aníbal continuó leyendo hasta quedarse dormido con una oreja señalando la página 127. Al despertar, emitió su dictamen definitivo:

—La novela tiene aventuras, conflictos, colonos, conspiraciones y un planeta entero que salvar. Está bastante bien para haberla escrito un humano. Le concedo cuatro huesos sobre cinco.

—¿Y por qué no cinco?

El crítico miró al autor por encima de las gafas.

—Porque no sale ningún perro. Pero tranquilo, señorito: en la segunda parte todavía estás a tiempo de corregir ese grave error literario.

Texto y vídeo generados con Chat GPT y HeiGen

11/9/26

Mejor meter la nariz en un libro


Clara había llegado a una conclusión después de años observando a vecinos, familiares, compañeros de trabajo y expertos espontáneos en vidas ajenas:

—Es mejor meter la nariz en los libros que en la vida de los demás. Y, además, es mucho más divertido.

En un libro podía investigar tranquilamente por qué habían asesinado al mayordomo, con quién se acostaba la marquesa o dónde había escondido el pirata su tesoro.

Y nadie podía reprochárselo.

En cambio, su vecina Adela prefería la investigación de campo.

—¿Has visto que el del tercero llegó ayer a las once y media?

—No.

—Pues llegó.

—¿Y?

—¡A las once y media!

Clara nunca había comprendido qué delito establecía el Código Penal para semejante horario.

Adela, sin embargo, poseía un extraordinario servicio de inteligencia. Sabía quién discutía, quién se divorciaba, quién había engordado, quién recibía visitas y hasta quién había comprado un sofá nuevo.

Lo único que desconocía era para qué necesitaba saberlo.

Por eso Clara prefería los libros.

Si quería cotillear, recurría a una novela policiaca. Allí podía registrar mentalmente una mansión, sospechar del jardinero, investigar adulterios y descubrir cadáveres sin molestar a nadie.

Y si la historia se ponía demasiado pesada, tenía una ventaja que la vida de los vecinos no ofrecía:

podía cerrar el libro.

Una tarde, Adela volvió a intentarlo.

—¿Sabes lo que dicen de la chica del quinto?

Clara levantó la vista de su novela.

—No. ¿La han asesinado en una biblioteca cerrada por dentro y han desaparecido las joyas de la familia?

—No.

—¿Tiene una identidad secreta?

—No.

—¿Es una espía internacional?

—¡No! Se ha separado del novio.

Clara volvió tranquilamente a la lectura.

—Entonces perdona, Adela, pero tu argumento necesita bastante trabajo.

Y siguió leyendo.

Porque meter la nariz donde no nos llaman puede convertirnos en cotillas.

Meterla en un libro, en cambio, puede convertirnos en lectores.

Y entre conocer todos los secretos del vecino y descubrir los de Sherlock Holmes, Hércules Poirot o Philip Marlowe, Clara lo tenía muy claro:

los personajes de novela tienen vidas mucho más interesantes y, sobre todo, nunca se quejan de que los espíes durante trescientas páginas.

Texto creado con Chat GPT

Imagen de fondo descargada de la red.

El juego de las sillas llega al Congreso


La reportera mantuvo la expresión seria que exige una noticia de Estado:

—Ante las constantes discrepancias sobre la forma de elegir al presidente o presidenta del Gobierno, una iniciativa legislativa popular, respaldada por más de 750.000 firmas, propone sustituir las negociaciones de investidura por el tradicional juego de las sillas, en el que participen indistintamente todos los diputados electos, hasta que solo quede uno o una.

La propuesta fue recibida inicialmente con cierto escepticismo. Sin embargo, los tertulianos descubrieron enseguida sus numerosas ventajas.

Para empezar, el sistema es fácil de entender. Se colocan 349 sillas para 350 diputados, suena la música y todos comienzan a dar vueltas. Cuando la música se detiene, quien se queda de pie resulta eliminado.

Nada de pactos secretos, abstenciones estratégicas ni negociaciones que duran tres meses.

Una silla menos y otra vuelta.

Además, el método garantiza la igualdad de oportunidades: da exactamente lo mismo ser de izquierdas, de derechas, nacionalista, regionalista o haber prometido durante la campaña que jamás se sentaría junto a determinado adversario.

Al final tendrá que intentar sentarse donde pueda.

Los politólogos han destacado también su enorme transparencia: Por primera vez, cuando un diputado acuse a otro de querer quitarle el sillón, los ciudadanos podrán comprobar que está diciendo literalmente la verdad.

Las cadenas de televisión ya preparan retransmisiones especiales. Incluso se estudia introducir el VAR para determinar quién apoyó primero el trasero cuando dos candidatos reclamen simultáneamente la misma silla.

El principal desacuerdo afecta a la música. Unos partidos proponen el himno nacional; otros, música regional; y los más pragmáticos prefieren Paquito el Chocolatero, porque después de varias horas de carreras parlamentario tampoco se notaría demasiado la diferencia.

La gran final tendría lugar en el hemiciclo: Dos diputados, una silla, millones de espectadores.

Se detiene la música… ¡Y tenemos presidente o presidenta!

La iniciativa cuenta además con una última ventaja democrática difícil de discutir: Si después gobierna mal, al menos podremos decir que llegó a la presidencia después de competir personalmente por el sillón.

Y quizá sea la primera vez que una campaña electoral cumpla exactamente lo prometido: todos quieren ocupar una silla y, por fin, nadie intenta disimularlo.

Texto creado con Chat GPT

Imagen de fondo descargada de la red.

10/9/26

La exclusiva de la luna


Era el primer día de Laura como reportera y estaba dispuesta a demostrar que podía enfrentarse a cualquier noticia.

Por eso no sospechó nada cuando el jefe de redacción le dijo con absoluta seriedad:

—Tenemos una exclusiva, algo extraño está ocurriendo en la montaña y necesitamos a alguien intrepido.

Los veteranos de la redacción bajaron la cabeza para que no se les notara la risa.

Dos horas después, Laura estaba sola, en mitad de ninguna parte, con un micrófono, el móvil para grabarse y unas instrucciones bastante imprecisas:

—Ponte debajo del arco de piedra y espera: La noticia aparecerá sola.

A la hora señalada comenzó la conexión.

—Buenas noches. Nos encontramos en un paraje remoto donde, según fuentes de absoluta… bueno… según mis compañeros, se producen fenómenos difíciles de explicar.

Miró a derecha e izquierda y entonces sintió algo extraño: Una presencia.

Levantó lentamente la mirada y descubrió una enorme luna perfectamente encajada en el agujero de la montaña.

—No sé por qué —susurró al micrófono—, pero tengo la sensación de que me están observando.


En la redacción estallaron las carcajadas, hasta que Laura comprendió la broma y sonrió a cámara.

—Acabamos de confirmar que el fenómeno existe: Un gigantesco ojo aparece cada noche para vigilar la montaña y los científicos consultados todavía no tienen explicación.

Silencio en la redacción.

—Y mañana —continuó— investigaremos otro fenómeno mucho más inquietante: por qué periodistas veteranos mandan a una novata al desierto para parecer idiota, mientras ellos lo son cómodamente sentados en la oficina.

El jefe dejó de reír.

Laura terminó la conexión:

—Informó desde la montaña, Laura Pérez. Sola, pero aprendiendo deprisa.

Al día siguiente, el vídeo se había hecho viral y Laura recibió su primera felicitación profesional acercándola a su primer Pulitzer.

Texto creado con Chat GPT

Imagen de fondo descargada de la red.

La manzana rebelde


La manzana estaba tranquilamente en su árbol, tomando el sol y engordando sin más obligación que dejar pasar el verano, cuando apareció el agricultor con una cesta.

—¡Esta ya está buena para sidra!

La arrancó de la rama y la manzana abrió los ojos indignada.

—¿Cómo que para sidra? ¿Y a mí quién me ha preguntado?


—¡Vamos!, que vas a dar una sidra estupenda.

La manzana frunció el ceño.

—¡Vas a sacar la sidra!

—Eso mismo.

—¡De donde yo te diga!

El agricultor la miró sorprendido.

—Pero si eres una manzana.

—Precisamente. Primero me arrancas de mi árbol, después me metes en un saco, luego pretendes triturarme y finalmente quieres presumir delante de tus amigos diciendo: «¡Qué sidra más buena hice este año!».

—Bueno… técnicamente la hago yo.

La manzana se puso todavía más verde de rabia.

—¿Tú? ¡Si el trabajo importante lo hacemos nosotras! Tú solamente nos echas al lagar y aprietas un botón.


El agricultor empezó a pensar que aquello podía terminar mal.

—Podríamos negociar.

—Ahora hablamos el mismo idioma. Quiero denominación de origen, participación en beneficios y que en la etiqueta figure claramente: «Elaborada gracias al sacrificio involuntario de cientos de manzanas».

—¿Y si, a ti, te vuelvo a poner en el árbol?

La manzana sonrió.

—Eso podemos considerarlo como una claúsula privada, del acuerdo con el negociador.

El hombre volvió a colocarla cuidadosamente enganchando el pedúnculo en su rama.

Desde entonces, cuando llegaba la época de recogida, primero golpeaba suavemente el tronco y preguntaba:

—¿Alguna voluntaria para sidra?

Y desde arriba siempre se escuchaba la misma respuesta:

—¡Búscate una pera!

Texto creado con Chat GPT

Imagen descargada de la red.

9/9/26

Un dinosaurio con derechos laborales


El dinosaurio entró en el aseo del museo refunfuñando y se puso a lavarse las garras.

—¡Esto es indignante! Te manchas todo de sangre y no te ponen ni una servilleta. Mucha reconstrucción histórica, mucho panel interactivo, pero de atención al dinosaurio, nada.

El vigilante asomó la cabeza por la puerta.

—Señor Rex, le hemos dicho muchas veces que no puede comerse a los visitantes.

—¡Pues que no se acerquen tanto para hacerse selfis! Uno tiene sus instintos. Además, ese llevaba una camiseta que decía: «Carne fresca». ¿Qué querían que entendiese?


Mientras intentaba sacar papel del dispensador con sus diminutos brazos, continuó protestando:

—En el Parque Jurásico teníamos caravana individual, comida abundante y podíamos circular por toda la isla con el pase BIP.

—¿Pase BIP?

—“Bestia Importante del Parque”. Abría todas las puertas. Bueno…, unas veces con la tarjeta y otras con la cabeza.


El vigilante le recordó que en el museo disponía de calefacción, seguro veterinario y dos descansos diarios.

—¡Descansos! —rugió el dinosaurio—. Llevo sesenta y cinco millones de años descansando. ¡Lo que necesito es acción!

—También tiene contrato indefinido.


El tiranosaurio se quedó pensativo.

Finalmente, arrancó el dispensador de la pared, se secó las garras con él y salió muy digno.

—Voy a presentar una reclamación al director.

—Está comiendo en la cafetería —respondió el vigilante.

Los ojos del dinosaurio se iluminaron.

—Perfecto. Así resolveremos dos problemas a la vez: mi reclamación y el almuerzo.

Texto creado con Chat GPT

Imagen descargada de la red.