10/9/26

La manzana rebelde


La manzana estaba tranquilamente en su árbol, tomando el sol y engordando sin más obligación que dejar pasar el verano, cuando apareció el agricultor con una cesta.

—¡Esta ya está buena para sidra!

La arrancó de la rama y la manzana abrió los ojos indignada.

—¿Cómo que para sidra? ¿Y a mí quién me ha preguntado?


—¡Vamos!, que vas a dar una sidra estupenda.

La manzana frunció el ceño.

—¡Vas a sacar la sidra!

—Eso mismo.

—¡De donde yo te diga!

El agricultor la miró sorprendido.

—Pero si eres una manzana.

—Precisamente. Primero me arrancas de mi árbol, después me metes en un saco, luego pretendes triturarme y finalmente quieres presumir delante de tus amigos diciendo: «¡Qué sidra más buena hice este año!».

—Bueno… técnicamente la hago yo.

La manzana se puso todavía más verde de rabia.

—¿Tú? ¡Si el trabajo importante lo hacemos nosotras! Tú solamente nos echas al lagar y aprietas un botón.


El agricultor empezó a pensar que aquello podía terminar mal.

—Podríamos negociar.

—Ahora hablamos el mismo idioma. Quiero denominación de origen, participación en beneficios y que en la etiqueta figure claramente: «Elaborada gracias al sacrificio involuntario de cientos de manzanas».

—¿Y si, a ti, te vuelvo a poner en el árbol?

La manzana sonrió.

—Eso podemos considerarlo como una claúsula privada, del acuerdo con el negociador.

El hombre volvió a colocarla cuidadosamente enganchando el pedúnculo en su rama.

Desde entonces, cuando llegaba la época de recogida, primero golpeaba suavemente el tronco y preguntaba:

—¿Alguna voluntaria para sidra?

Y desde arriba siempre se escuchaba la misma respuesta:

—¡Búscate una pera!


9/9/26

Un dinosaurio con derechos laborales


El dinosaurio entró en el aseo del museo refunfuñando y se puso a lavarse las garras.

—¡Esto es indignante! Te manchas todo de sangre y no te ponen ni una servilleta. Mucha reconstrucción histórica, mucho panel interactivo, pero de atención al dinosaurio, nada.


El vigilante asomó la cabeza por la puerta.

—Señor Rex, le hemos dicho muchas veces que no puede comerse a los visitantes.

—¡Pues que no se acerquen tanto para hacerse selfis! Uno tiene sus instintos. Además, ese llevaba una camiseta que decía: «Carne fresca». ¿Qué querían que entendiese?


Mientras intentaba sacar papel del dispensador con sus diminutos brazos, continuó protestando:

—En el Parque Jurásico teníamos caravana individual, comida abundante y podíamos circular por toda la isla con el pase BIP.

—¿Pase BIP?

—“Bestia Importante del Parque”. Abría todas las puertas. Bueno…, unas veces con la tarjeta y otras con la cabeza.


El vigilante le recordó que en el museo disponía de calefacción, seguro veterinario y dos descansos diarios.

—¡Descansos! —rugió el dinosaurio—. Llevo sesenta y cinco millones de años descansando. ¡Lo que necesito es acción!

—También tiene contrato indefinido.


El tiranosaurio se quedó pensativo.

Finalmente, arrancó el dispensador de la pared, se secó las garras con él y salió muy digno.

—Voy a presentar una reclamación al director.

—Está comiendo en la cafetería —respondió el vigilante.



Los ojos del dinosaurio se iluminaron.

—Perfecto. Así resolveremos dos problemas a la vez: mi reclamación y el almuerzo.

Las nuevas prioridades de Epi y Blas


Epi y Blas contemplaban el parque desde el sofá, como dos antiguos exploradores observando el territorio de sus hazañas pretéritas.

—¿Te acuerdas de cuando corríamos por el parque? —preguntó Epi con nostalgia.

—¡Sí! —respondió Blas—. Ahora solo corro cuando suena el microondas.

De jóvenes perseguían balones, autobuses y sueños imposibles. Ahora perseguían las gafas, el mando de la televisión y alguna palabra que se les escapaba justo cuando iban a pronunciarla.

Antes discutían sobre quién llegaría primero hasta la fuente. Ahora discutían sobre quién debía levantarse a comprobar si habían cerrado la puerta.

—Podríamos volver a correr —propuso Epi.

—Por supuesto —contestó Blas—. Mañana empezamos.

En ese momento sonó el microondas.

Blas se levantó del sofá con una agilidad desconocida, adelantó a Epi por el pasillo y llegó triunfante a la cocina.

—¡Todavía conservo mi velocidad!


—Sí —reconoció Epi—, pero antes corrías para ganar una carrera y ahora corres para que no se enfríen las croquetas.

Los dos se echaron a reír. 

Habían envejecido, era verdad, pero también habían aprendido algo importante: la vida no deja de tener metas; simplemente las acerca un poco más al sofá.

8/9/26

María tenía un corderito… con pajarita


María tenía un corderito,

María tenía un corderito,

blanco y juguetón.

Y por donde María iba,

y por donde María iba,

él siempre la seguía.

Hasta ahí, el corderito no tenía ninguna objeción. Le gustaba María, le gustaban los paseos y, sobre todo, había descubierto que acompañarla a todas partes era bastante más agradable que quedarse en el prado peleando con los otros corderos.

El problema empezó cuando María decidió mejorar su imagen.

—Quieto, que voy a ponerte una pajarita. Estarás guapísimo.

El cordero contempló aquel artefacto negro con profunda desconfianza.

—¡Vale, muy bien! Pero… ¿estás segura de que el corderito de la canción llevaba pajarita?

María no contestó. Le ajustó el lazo y abrió un libro.

El animal miró de reojo su elegante atuendo.

—Blanco y juguetón, decía la canción. ¡No «elegante y dispuesto a presidir el consejo de administración»!

María continuó leyendo.

—Además —protestó él—, con esto puesto, más que un cordero parezco un borrego.

María levantó la vista.

—Un borrego es un cordero que ha crecido.

—Sí, pero cuando se lo dices a una persona significa otra cosa. ¡He estado leyendo!


Aquello preocupó a María. Quizá enseñarle a leer había sido un error.

Desde entonces el corderito siguió acompañándola a todas partes, pero ya no dócilmente. Ahora discutía las canciones, corregía los cuentos y exigía explicaciones.

La gallina de los huevos de oro se rebela


—Voy a cambiar la historia de la gallina de los huevos de oro. Estoy harta de que el cuento termine con la gallina en la cazuela.

Esta vez no.

Antes de que el granjero descubra que dentro de mí no hay una fábrica de lingotes, me fugaré a Hollywood con el gallo Claudio.

Ya tenemos preparado el plan: pasaportes falsos, dos billetes de avión y una maleta llena de maíz. 

Claudio dice que allí respetan mucho a los artistas, aunque sospecho que lo dice porque quiere ser mi agente.

Lo primero que haré al llegar será contratar un abogado: siempre han estado explotando mi imagen sin pagarme.

Después venderemos mi historia a una plataforma: «La gallina de los huevos de oro: la verdadera historia».

Claudio quiere interpretar al héroe que me rescata. Tendremos que discutirlo. Esto es Hollywood, no el corral, y una gallina moderna no necesita que venga un gallo a salvarla.

Además, pienso registrar mis huevos como propiedad intelectual. Si quieren uno, que paguen derechos de reproducción.

El granjero seguramente aparecerá en televisión diciendo que siempre me trató como a una hija.

Luego llegarán los economistas explicando que mi fuga puede provocar una crisis financiera, los políticos prometerán crear una comisión de investigación, y algún fondo de inversión intentará comprarme antes de que suba mi cotización.

Pero para entonces Claudio y yo estaremos en Beverly Hills.

Él cantando al amanecer y yo escribiendo mis memorias en el ordenador: «Cómo sobreviví al capitalismo avícola y conseguí que dejaran de desplumarme».

Porque la moraleja necesita una actualización: Si tienes una gallina que pone huevos de oro, no la mates para averiguar qué tiene dentro. Págale un buen salario, dale vacaciones y procura que no aprenda a usar la Inteligencia Artificial.


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De mayor voy a ser escritora


—De mayor voy a ser escritora para poder contar mentiras y que, en lugar de reñirme… me paguen.

Mi madre dice que mentir está muy feo.

Pero yo he visto que, si las mentiras tienen doscientas páginas, una portada bonita y se venden en una librería, las llaman novela.

Además, puedes decir que has viajado a Marte sin haber salido de casa, que conociste a un dragón, que hablaste con un fantasma o que el profesor de Matemáticas fue abducido por extraterrestres.

Y nadie te castiga, al contrario:

—¡Qué imaginación tiene esta niña!

Así que ya lo tengo decidido:

-Primero aprenderé a escribir muy bien.

-Después aprenderé a mentir todavía mejor.

Aunque mi padre dice que eso no basta para ganarse la vida.

—¿Y qué más necesito?

—Lectores.

Eso me preocupa un poco.

Inventar un millón de mentiras parece bastante más fácil que encontrar un millón de personas dispuestas a comprarlas.

Pero bueno… para eso también tengo un plan: cuando sea escritora, me inventaré a mis lectores.

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7/9/26

Las bicicletas y los libros son para el verano

 

Las bicicletas llegaron antes que los niños, apoyadas unas veces contra la pared y otras, como aquella, descansando sobre el suelo después de una carrera improvisada.

Los libros, en cambio, siempre les esperaban detrás de la puerta abierta de la biblioteca.
No hacía falta llamar a nadie; bastaba con entrar, elegir una historia y salir a leer al sol.
Los escalones se convirtieron en un pequeño puerto donde atracaban piratas, astronautas, detectives y dragones.
Cada niño viajaba sin moverse del sitio, mientras el barrio seguía su rutina alrededor.
La bicicleta aguardaba paciente, sabiendo que ninguna aventura sobre ruedas podía competir con la que escondían aquellas páginas.
Alguno levantaba la vista de vez en cuando para comentar un descubrimiento con los demás.
Otros sonreían en silencio, como si hubieran encontrado un secreto que no pensaban revelar todavía.
El verano olía a papel, a polvo de camino y a libertad.
Nadie preguntaba cuánto costaban los libros, porque allí las historias se prestaban igual que la confianza.
Cuando el calor aflojaba, las bicicletas volvían a cobrar vida y recorrían las calles llevando las mochilas llenas de lecturas.
Así, cada paseo terminaba empezando otro viaje distinto, mucho más largo que cualquier carretera.
Quienes pasaban por delante sonreían al ver aquel extraño aparcamiento donde las bicicletas descansaban mientras la imaginación pedaleaba.
Y quizá ese fuera el verdadero milagro de aquella biblioteca colaborativa: convertir una acera cualquiera en el lugar donde comenzaban las mejores vacaciones.
Porque, al fin y al cabo, las bicicletas llevan a los niños hasta los libros, pero son los libros los que los llevan a cualquier parte.

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