—¡Soy el mejor con las chapas! ¡Mira y aprende, perdedor!
Lo dijo sin levantar la cabeza. No hacía falta. La chapa estaba perfectamente colocada entre sus dedos y el objetivo apenas a medio metro.
Calculó la distancia, examinó la arena como si fuese un ingeniero estudiando un puente y disparó.
—¡Zas!
La chapa salió como un cohete, rebotó contra una piedrecita y se detuvo exactamente donde él quería.
Levantó entonces la mirada con la sonrisa satisfecha de quien acaba de ganar un campeonato mundial.
—¿Has visto? Técnica. Precisión. Experiencia. Para jugar a esto hay que saber.
Su rival no contestó. Colocó tranquilamente su chapa, apuntó con el dedo y lanzó.
La chapa cruzó la pista, golpeó la del campeón y la sacó fuera de un solo tiro.
El niño permaneció unos segundos mirando el desastre.
—Bueno… eso ha sido suerte.
—Claro —respondió el otro—. La suerte también juega.
El pequeño campeón recogió su chapa, la limpió cuidadosamente y volvió a colocarla sobre la arena.
—Otra partida.
—¿No eras el mejor?
—Sí. Pero los mejores también necesitan revancha.
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