A orillas del río Nalón te espera un paseo lleno de historias y leyendas. Entre los seres más extraordinarios que, según la tradición asturiana, habitan sus bosques, montañas y cursos de agua se encuentra el cuélebre, una criatura que podríamos describir, utilizando el lenguaje de un naturalista, como un reptil gigantesco de características serpentiformes y capacidad limitada para el vuelo.
Su aspecto recuerda al de una serpiente de tamaño excepcional, protegida por grandes escamas extremadamente resistentes. Algunos relatos le atribuyen una piel tan dura que resulta prácticamente imposible atravesarla con armas convencionales. Esta característica podría interpretarse como una adaptación defensiva semejante, aunque llevada al extremo, a las placas dérmicas de los cocodrilos o a las escamas superpuestas de ciertos reptiles.
Una de sus características anatómicas más curiosas son sus pequeñas alas membranosas, parecidas a las de los murciélagos. La tradición afirma que no aparecen completamente desarrolladas hasta que el animal alcanza una edad avanzada. Estaríamos, por tanto, ante un caso extraordinario de desarrollo anatómico asociado a la madurez: mientras los ejemplares jóvenes serían fundamentalmente terrestres, los individuos más viejos adquirirían cierta capacidad de desplazamiento aéreo.
El cuélebre parece preferir ambientes húmedos, oscuros y poco frecuentados por los seres humanos. Sus refugios habituales serían ´´cuevas profundas, simas, bosques, fuentes y manantiales´´, aunque algunas leyendas también sitúan ejemplares cerca de los acantilados y del mar. Desde un punto de vista ecológico, estos lugares proporcionarían humedad, temperaturas relativamente estables y refugios adecuados para un animal de hábitos predominantemente nocturnos.
Su relación con el agua resulta especialmente significativa. En numerosas tradiciones, el cuélebre aparece asociado a fuentes y cavernas donde también habitan las ´xanas´, seres femeninos vinculados a manantiales y corrientes de agua. El enorme reptil actuaría como guardián de estos lugares y, en ocasiones, como protector de las propias xanas.
También posee una sorprendente conducta de acumulación y defensa de objetos. Los relatos aseguran que custodia tesoros escondidos, generalmente ocultos en cuevas o galerías subterráneas. Desde una imaginaria perspectiva etológica, podría interpretarse como una conducta territorial: el cuélebre no necesitaría comprender el valor económico del oro, sino simplemente defender aquellos objetos que durante siglos se han acumulado dentro de su territorio.
Su alimentación corresponde a la de un gran depredador oportunista. Se le atribuye el consumo de ganado, animales salvajes, cadáveres e incluso seres humanos. Un organismo de semejante tamaño necesitaría una considerable cantidad de energía, aunque, como sucede con los grandes reptiles actuales, un metabolismo relativamente lento podría permitirle permanecer largos periodos sin alimentarse.
Precisamente aquí aparece uno de los principales problemas científicos de la especie. Un depredador gigantesco necesitaría disponer de un territorio muy extenso y dejaría abundantes rastros: restos de presas, excrementos, mudas de piel, huellas o huesos. La ausencia de estas evidencias obliga a clasificar al cuélebre no dentro de la zoología conocida, sino en un territorio mucho más interesante: la zoología fantástica y la mitología popular.
Pero eso no significa que carezca de interés científico.
Las leyendas sobre grandes serpientes y dragones aparecen en numerosas culturas y pueden estudiarse desde la antropología, la historia, la psicología y la ecología cultural. El cuélebre podría conservar antiguos temores humanos hacia las serpientes, las cuevas y los lugares donde el agua surge misteriosamente de la tierra. También cumple una función social: advierte del peligro de acercarse a determinados lugares, protege simbólicamente fuentes y cavernas y convierte el paisaje en un espacio cargado de memoria colectiva.
Por eso, mientras caminamos junto al Nalón, podemos contemplar el río de dos maneras diferentes. Para la geología y la biología es un ecosistema fluvial modelado durante miles de años por el agua, la erosión y los seres vivos. Para la cultura popular es también un territorio habitado por xanas, cuélebres y personajes transmitidos de generación en generación.
Y ambas miradas pueden convivir perfectamente.
Porque la ciencia nos ayuda a comprender cómo funciona el paisaje, mientras que las leyendas nos cuentan cómo lo imaginaron quienes vivieron en él.
Así que, si durante el paseo encontramos una cueva junto al río, no hay motivo científico para pensar que dentro duerme un enorme reptil alado.
Pero tampoco parece muy prudente entrar a comprobarlo.
Texto creado con Chat GPT
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