Clara había llegado a una conclusión después de años observando a vecinos, familiares, compañeros de trabajo y expertos espontáneos en vidas ajenas:
—Es mejor meter la nariz en los libros que en la vida de los demás. Y, además, es mucho más divertido.
En un libro podía investigar tranquilamente por qué habían asesinado al mayordomo, con quién se acostaba la marquesa o dónde había escondido el pirata su tesoro.
Y nadie podía reprochárselo.
En cambio, su vecina Adela prefería la investigación de campo.
—¿Has visto que el del tercero llegó ayer a las once y media?
—No.
—Pues llegó.
—¿Y?
—¡A las once y media!
Clara nunca había comprendido qué delito establecía el Código Penal para semejante horario.
Adela, sin embargo, poseía un extraordinario servicio de inteligencia. Sabía quién discutía, quién se divorciaba, quién había engordado, quién recibía visitas y hasta quién había comprado un sofá nuevo.
Lo único que desconocía era para qué necesitaba saberlo.
Por eso Clara prefería los libros.
Si quería cotillear, recurría a una novela policiaca. Allí podía registrar mentalmente una mansión, sospechar del jardinero, investigar adulterios y descubrir cadáveres sin molestar a nadie.
Y si la historia se ponía demasiado pesada, tenía una ventaja que la vida de los vecinos no ofrecía:
podía cerrar el libro.
Una tarde, Adela volvió a intentarlo.
—¿Sabes lo que dicen de la chica del quinto?
Clara levantó la vista de su novela.
—No. ¿La han asesinado en una biblioteca cerrada por dentro y han desaparecido las joyas de la familia?
—No.
—¿Tiene una identidad secreta?
—No.
—¿Es una espía internacional?
—¡No! Se ha separado del novio.
Clara volvió tranquilamente a la lectura.
—Entonces perdona, Adela, pero tu argumento necesita bastante trabajo.
Y siguió leyendo.
Porque meter la nariz donde no nos llaman puede convertirnos en cotillas.
Meterla en un libro, en cambio, puede convertirnos en lectores.
Y entre conocer todos los secretos del vecino y descubrir los de Sherlock Holmes, Hércules Poirot o Philip Marlowe, Clara lo tenía muy claro:
los personajes de novela tienen vidas mucho más interesantes y, sobre todo, nunca se quejan de que los espíes durante trescientas páginas.
Texto creado con Chat GPT
Imagen de fondo descargada de la red.
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