La reportera mantuvo la expresión seria que exige una noticia de Estado:
—Ante las constantes discrepancias sobre la forma de elegir al presidente o presidenta del Gobierno, una iniciativa legislativa popular, respaldada por más de 750.000 firmas, propone sustituir las negociaciones de investidura por el tradicional juego de las sillas, en el que participen indistintamente todos los diputados electos, hasta que solo quede uno o una.
La propuesta fue recibida inicialmente con cierto escepticismo. Sin embargo, los tertulianos descubrieron enseguida sus numerosas ventajas.
Para empezar, el sistema es fácil de entender. Se colocan 349 sillas para 350 diputados, suena la música y todos comienzan a dar vueltas. Cuando la música se detiene, quien se queda de pie resulta eliminado.
Nada de pactos secretos, abstenciones estratégicas ni negociaciones que duran tres meses.
Una silla menos y otra vuelta.
Además, el método garantiza la igualdad de oportunidades: da exactamente lo mismo ser de izquierdas, de derechas, nacionalista, regionalista o haber prometido durante la campaña que jamás se sentaría junto a determinado adversario.
Al final tendrá que intentar sentarse donde pueda.
Los politólogos han destacado también su enorme transparencia: Por primera vez, cuando un diputado acuse a otro de querer quitarle el sillón, los ciudadanos podrán comprobar que está diciendo literalmente la verdad.
Las cadenas de televisión ya preparan retransmisiones especiales. Incluso se estudia introducir el VAR para determinar quién apoyó primero el trasero cuando dos candidatos reclamen simultáneamente la misma silla.
El principal desacuerdo afecta a la música. Unos partidos proponen el himno nacional; otros, música regional; y los más pragmáticos prefieren Paquito el Chocolatero, porque después de varias horas de carreras parlamentario tampoco se notaría demasiado la diferencia.
La gran final tendría lugar en el hemiciclo: Dos diputados, una silla, millones de espectadores.
Se detiene la música… ¡Y tenemos presidente o presidenta!
La iniciativa cuenta además con una última ventaja democrática difícil de discutir: Si después gobierna mal, al menos podremos decir que llegó a la presidencia después de competir personalmente por el sillón.
Y quizá sea la primera vez que una campaña electoral cumpla exactamente lo prometido: todos quieren ocupar una silla y, por fin, nadie intenta disimularlo.
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