Epi y Blas contemplaban el parque desde el sofá, como dos antiguos exploradores observando el territorio de sus hazañas pretéritas.
—¿Te acuerdas de cuando corríamos por el parque? —preguntó Epi con nostalgia.
—¡Sí! —respondió Blas—. Ahora solo corro cuando suena el microondas.
De jóvenes perseguían balones, autobuses y sueños imposibles. Ahora perseguían las gafas, el mando de la televisión y alguna palabra que se les escapaba justo cuando iban a pronunciarla.
Antes discutían sobre quién llegaría primero hasta la fuente. Ahora discutían sobre quién debía levantarse a comprobar si habían cerrado la puerta.
—Podríamos volver a correr —propuso Epi.
—Por supuesto —contestó Blas—. Mañana empezamos.
En ese momento sonó el microondas.
Blas se levantó del sofá con una agilidad desconocida, adelantó a Epi por el pasillo y llegó triunfante a la cocina.
—¡Todavía conservo mi velocidad!
—Sí —reconoció Epi—, pero antes corrías para ganar una carrera y ahora corres para que no se enfríen las croquetas.
Los dos se echaron a reír.
Habían envejecido, era verdad, pero también habían aprendido algo importante: la vida no deja de tener metas; simplemente las acerca un poco más al sofá.
Hasta ahí, el corderito no tenía ninguna objeción. Le gustaba María, le gustaban los paseos y, sobre todo, había descubierto que acompañarla a todas partes era bastante más agradable que quedarse en el prado peleando con los otros corderos.
El problema empezó cuando María decidió mejorar su imagen.
—Quieto, que voy a ponerte una pajarita. Estarás guapísimo.
El cordero contempló aquel artefacto negro con profunda desconfianza.
—¡Vale, muy bien! Pero… ¿estás segura de que el corderito de la canción llevaba pajarita?
María no contestó. Le ajustó el lazo y abrió un libro.
El animal miró de reojo su elegante atuendo.
—Blanco y juguetón, decía la canción. ¡No «elegante y dispuesto a presidir el consejo de administración»!
María continuó leyendo.
—Además —protestó él—, con esto puesto, más que un cordero parezco un borrego.
María levantó la vista.
—Un borrego es un cordero que ha crecido.
—Sí, pero cuando se lo dices a una persona significa otra cosa. ¡He estado leyendo!
Aquello preocupó a María. Quizá enseñarle a leer había sido un error.
Desde entonces el corderito siguió acompañándola a todas partes, pero ya no dócilmente. Ahora discutía las canciones, corregía los cuentos y exigía explicaciones.
—Voy a cambiar la historia de la gallina de los huevos de oro. Estoy harta de que el cuento termine con la gallina en la cazuela.
Esta vez no.
Antes de que el granjero descubra que dentro de mí no hay una fábrica de lingotes, me fugaré a Hollywood con el gallo Claudio.
Ya tenemos preparado el plan: pasaportes falsos, dos billetes de avión y una maleta llena de maíz.
Claudio dice que allí respetan mucho a los artistas, aunque sospecho que lo dice porque quiere ser mi agente.
Lo primero que haré al llegar será contratar un abogado: siempre han estado explotando mi imagen sin pagarme.
Después venderemos mi historia a una plataforma: «La gallina de los huevos de oro: la verdadera historia».
Claudio quiere interpretar al héroe que me rescata. Tendremos que discutirlo. Esto es Hollywood, no el corral, y una gallina moderna no necesita que venga un gallo a salvarla.
Además, pienso registrar mis huevos como propiedad intelectual. Si quieren uno, que paguen derechos de reproducción.
El granjero seguramente aparecerá en televisión diciendo que siempre me trató como a una hija.
Luego llegarán los economistas explicando que mi fuga puede provocar una crisis financiera, los políticos prometerán crear una comisión de investigación, y algún fondo de inversión intentará comprarme antes de que suba mi cotización.
Pero para entonces Claudio y yo estaremos en Beverly Hills.
Él cantando al amanecer y yo escribiendo mis memorias en el ordenador: «Cómo sobreviví al capitalismo avícola y conseguí que dejaran de desplumarme».
Porque la moraleja necesita una actualización: Si tienes una gallina que pone huevos de oro, no la mates para averiguar qué tiene dentro. Págale un buen salario, dale vacaciones y procura que no aprenda a usar la Inteligencia Artificial.
—De mayor voy a ser escritora para poder contar mentiras y que, en lugar de reñirme… me paguen.
Mi madre dice que mentir está muy feo.
Pero yo he visto que, si las mentiras tienen doscientas páginas, una portada bonita y se venden en una librería, las llaman novela.
Además, puedes decir que has viajado a Marte sin haber salido de casa, que conociste a un dragón, que hablaste con un fantasma o que el profesor de Matemáticas fue abducido por extraterrestres.
Y nadie te castiga, al contrario:
—¡Qué imaginación tiene esta niña!
Así que ya lo tengo decidido:
-Primero aprenderé a escribir muy bien.
-Después aprenderé a mentir todavía mejor.
Aunque mi padre dice que eso no basta para ganarse la vida.
—¿Y qué más necesito?
—Lectores.
Eso me preocupa un poco.
Inventar un millón de mentiras parece bastante más fácil que encontrar un millón de personas dispuestas a comprarlas.
Pero bueno… para eso también tengo un plan: cuando sea escritora, me inventaré a mis lectores.
Las bicicletas llegaron antes que los niños, apoyadas unas veces contra la pared y otras, como aquella, descansando sobre el suelo después de una carrera improvisada.
Los libros, en cambio, siempre les esperaban detrás de la puerta abierta de la biblioteca. No hacía falta llamar a nadie; bastaba con entrar, elegir una historia y salir a leer al sol. Los escalones se convirtieron en un pequeño puerto donde atracaban piratas, astronautas, detectives y dragones. Cada niño viajaba sin moverse del sitio, mientras el barrio seguía su rutina alrededor. La bicicleta aguardaba paciente, sabiendo que ninguna aventura sobre ruedas podía competir con la que escondían aquellas páginas. Alguno levantaba la vista de vez en cuando para comentar un descubrimiento con los demás. Otros sonreían en silencio, como si hubieran encontrado un secreto que no pensaban revelar todavía. El verano olía a papel, a polvo de camino y a libertad. Nadie preguntaba cuánto costaban los libros, porque allí las historias se prestaban igual que la confianza. Cuando el calor aflojaba, las bicicletas volvían a cobrar vida y recorrían las calles llevando las mochilas llenas de lecturas. Así, cada paseo terminaba empezando otro viaje distinto, mucho más largo que cualquier carretera. Quienes pasaban por delante sonreían al ver aquel extraño aparcamiento donde las bicicletas descansaban mientras la imaginación pedaleaba. Y quizá ese fuera el verdadero milagro de aquella biblioteca colaborativa: convertir una acera cualquiera en el lugar donde comenzaban las mejores vacaciones. Porque, al fin y al cabo, las bicicletas llevan a los niños hasta los libros, pero son los libros los que los llevan a cualquier parte.
A orillas del río Nalón te espera un paseo lleno de historias y leyendas. Entre los seres más extraordinarios que, según la tradición asturiana, habitan sus bosques, montañas y cursos de agua se encuentra el cuélebre, una criatura que podríamos describir, utilizando el lenguaje de un naturalista, como un reptil gigantesco de características serpentiformes y capacidad limitada para el vuelo.
Su aspecto recuerda al de una serpiente de tamaño excepcional, protegida por grandes escamas extremadamente resistentes. Algunos relatos le atribuyen una piel tan dura que resulta prácticamente imposible atravesarla con armas convencionales. Esta característica podría interpretarse como una adaptación defensiva semejante, aunque llevada al extremo, a las placas dérmicas de los cocodrilos o a las escamas superpuestas de ciertos reptiles.
Una de sus características anatómicas más curiosas son sus pequeñas alas membranosas, parecidas a las de los murciélagos. La tradición afirma que no aparecen completamente desarrolladas hasta que el animal alcanza una edad avanzada. Estaríamos, por tanto, ante un caso extraordinario de desarrollo anatómico asociado a la madurez: mientras los ejemplares jóvenes serían fundamentalmente terrestres, los individuos más viejos adquirirían cierta capacidad de desplazamiento aéreo.
El cuélebre parece preferir ambientes húmedos, oscuros y poco frecuentados por los seres humanos. Sus refugios habituales serían ´´cuevas profundas, simas, bosques, fuentes y manantiales´´, aunque algunas leyendas también sitúan ejemplares cerca de los acantilados y del mar. Desde un punto de vista ecológico, estos lugares proporcionarían humedad, temperaturas relativamente estables y refugios adecuados para un animal de hábitos predominantemente nocturnos.
Su relación con el agua resulta especialmente significativa. En numerosas tradiciones, el cuélebre aparece asociado a fuentes y cavernas donde también habitan las ´xanas´, seres femeninos vinculados a manantiales y corrientes de agua. El enorme reptil actuaría como guardián de estos lugares y, en ocasiones, como protector de las propias xanas.
También posee una sorprendente conducta de acumulación y defensa de objetos. Los relatos aseguran que custodia tesoros escondidos, generalmente ocultos en cuevas o galerías subterráneas. Desde una imaginaria perspectiva etológica, podría interpretarse como una conducta territorial: el cuélebre no necesitaría comprender el valor económico del oro, sino simplemente defender aquellos objetos que durante siglos se han acumulado dentro de su territorio.
Su alimentación corresponde a la de un gran depredador oportunista. Se le atribuye el consumo de ganado, animales salvajes, cadáveres e incluso seres humanos. Un organismo de semejante tamaño necesitaría una considerable cantidad de energía, aunque, como sucede con los grandes reptiles actuales, un metabolismo relativamente lento podría permitirle permanecer largos periodos sin alimentarse.
Precisamente aquí aparece uno de los principales problemas científicos de la especie. Un depredador gigantesco necesitaría disponer de un territorio muy extenso y dejaría abundantes rastros: restos de presas, excrementos, mudas de piel, huellas o huesos. La ausencia de estas evidencias obliga a clasificar al cuélebre no dentro de la zoología conocida, sino en un territorio mucho más interesante: la zoología fantástica y la mitología popular.
Pero eso no significa que carezca de interés científico.
Las leyendas sobre grandes serpientes y dragones aparecen en numerosas culturas y pueden estudiarse desde la antropología, la historia, la psicología y la ecología cultural. El cuélebre podría conservar antiguos temores humanos hacia las serpientes, las cuevas y los lugares donde el agua surge misteriosamente de la tierra. También cumple una función social: advierte del peligro de acercarse a determinados lugares, protege simbólicamente fuentes y cavernas y convierte el paisaje en un espacio cargado de memoria colectiva.
Por eso, mientras caminamos junto al Nalón, podemos contemplar el río de dos maneras diferentes. Para la geología y la biología es un ecosistema fluvial modelado durante miles de años por el agua, la erosión y los seres vivos. Para la cultura popular es también un territorio habitado por xanas, cuélebres y personajes transmitidos de generación en generación.
Ambas miradas pueden convivir perfectamente.
Porque la ciencia nos ayuda a comprender cómo funciona el paisaje, mientras que las leyendas nos cuentan cómo lo imaginaron quienes vivieron en él.
Así que, si durante el paseo encontramos una cueva junto al río, no hay motivo científico para pensar que dentro duerme un enorme reptil alado.
Pero tampoco parece muy prudente entrar a comprobarlo.