Es una mañana luminosa y tranquila.
Una mujer joven con ropas campesinas acaba de atravesar este pasillo de techo con vigas de madera expuestas y un suelo de baldosas de terracota desgastadas por el uso.
Al fondo, un arco de piedra conduce a un patio lleno de plantas verdes y sillas de madera.
Llevaba un vestido sencillo de algodón, con un delantal atado a la cintura y un pañuelo en la cabeza.
Sus pasos aún resuenan suavemente en las baldosas mientras caminaba con una cesta de mimbre en la mano, llena de flores recién cortadas.
La luz del sol entra por el arco, iluminando su rostro y resaltando los colores vivos de las plantas a su alrededor.
A la izquierda, hay una mesa de madera oscura con un banco a juego, sobre la cual hay una planta en una maceta y un jarrón con más flores.
Se detuvo un momento para admirar uno de los cuadros en la pared, retrato de un anciano con una expresión sabia y serena y cierto parecido con la joven.
Luego, continuó su camino hacia el patio, donde se sienta un momento en una de las sillas de madera para descansar. Acomoda la cesta a su lado y cierra los ojos, disfrutando del aire fresco y el aroma de las flores.
Suspira, reabre los ojos y, recogiendo la cesta, continúa su camino hacia otras estancias de la casa, dejando un suave perfume que delata su reciente presencia.

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