Había una vez una chica llamada Lola, que llevaba un cántaro de leche en la cabeza como quien lleva un sombrero de gala. Iba caminando al mercado, meneando las caderas como si estuviera en una pasarela rural.
Mientras andaba, empezó a imaginar:
—Vendo esta leche. Con la ganancia compro una cabra. La cabra me da más leche. ¡Monto una quesería! Le pongo nombre: “Quesos La Lechera Cool”. Me hago famosa. Me llaman de un reality: Granjeras con Estilo. Salgo en la tele, firmo autógrafos, doy charlas TED: “Cómo pasar de cántaro a imperio”.
Estaba tan metida en su película que no vio una piedra traicionera en el camino. Tropezó. El cántaro voló. La leche hizo una cascada digna de comercial y cayó directo… sobre su cabeza.
—¡Genial! —dijo Lola, empapada—. Acabo de inventar el champú de leche. ¡Otro negocio!
Y así, entre sueños derramados y nuevas ideas, Lola volvió a casa. Porque sí: perdió la leche, pero nunca el sentido del humor (ni la imaginación desbordada).

Humor negro y tal cual
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